Una IPO (Initial Public Offering, oferta pública inicial u OPV en España) es el proceso por el que una empresa privada empieza a cotizar en bolsa, vendiendo acciones al público por primera vez. Es el momento de máxima atención mediática de una empresa — y, estadísticamente, uno de los peores para comprarla.
La empresa contrata bancos de inversión que valoran el negocio, preparan el folleto y "colocan" las acciones entre inversores institucionales. El precio de salida equilibra dos intereses opuestos: la empresa quiere captar el máximo; los bancos quieren que el primer día suba. El inversor minorista suele llegar después, comprando en mercado abierto a quien entró antes y más barato.
Dos detalles del proceso importan especialmente:
La investigación académica (Jay Ritter lleva décadas midiéndolo) es consistente: de media, las IPOs lo hacen peor que el mercado en sus primeros años de cotización. Los estrenos espectaculares del primer día existen — son los que salen en prensa —, pero el inversor que compra en el estreno y mantiene suele quedar por debajo del índice. Hay excepciones; como regla, comprar en la IPO es pagar el precio de la euforia.
Las empresas que salen a bolsa suelen ser jóvenes y reinvierten todo en crecer: muy pocas pagan dividendo al estrenarse, y las que lo prometen suelen tardar años en consolidarlo. Para una estrategia de rentas, la IPO es casi siempre irrelevante hoy y quizá interesante dentro de una década, cuando el negocio madure y empiece a repartir — el caso de Aena, que salió a bolsa en 2015 y se convirtió en una de las grandes pagadoras españolas. Una aristócrata del dividendo necesita 25 años de historial: ninguna IPO puede ofrecerlo por definición.
La estadística dice que, de media, no: las IPOs tienden a quedar por debajo del mercado en sus primeros años. Si la empresa te interesa de verdad, suele haber mejores precios meses después — por ejemplo tras la expiración del lock-up.
Rara vez: suelen ser negocios en expansión que reinvierten todo el beneficio. Las que acaban siendo buenas pagadoras lo hacen años después de madurar en bolsa.
El periodo (típicamente 90–180 días) en que fundadores y primeros inversores no pueden vender sus acciones. Su expiración aumenta la oferta de títulos y suele presionar el precio a la baja.