Los ETFs (Exchange Traded Funds o fondos cotizados) son fondos de inversión que cotizan en bolsa como una acción. Cada participación contiene una cesta completa de activos — las 500 empresas del S&P 500, las ~1.500 del MSCI World, un sector, bonos — de modo que con una sola compra obtienes una diversificación que comprando acciones sueltas exigiría decenas de operaciones.
La mayoría son fondos indexados: replican un índice de forma automática, sin gestor que elija valores. Esa automatización es la clave de su coste mínimo y de su éxito: a largo plazo, pocas gestiones activas baten al índice después de comisiones.
La gestora compra los activos del índice y emite participaciones que cotizan en bolsa. Un mecanismo institucional de creación y reembolso mantiene el precio de mercado pegado al valor real de la cesta. Para ti, la experiencia es idéntica a comprar una acción: orden en tu bróker, ejecución en segundos, precio en tiempo real.
Dos decisiones definen qué ETF compras:
A diferencia de los fondos indexados tradicionales, los ETFs no permiten traspasos sin tributar: vender un ETF para comprar otro genera plusvalía que pasa por Hacienda. Es la gran desventaja local frente al fondo. A cambio, los ETFs suelen ser más baratos y se negocian al instante. Los dividendos de los ETFs de distribución tributan como cualquier dividendo.
Replican lo mismo, pero el ETF cotiza en tiempo real y suele ser más barato, mientras que el fondo español permite traspasos sin tributar. La elección depende de si valoras más el coste o la flexibilidad fiscal.
Los de distribución sí, en efectivo y con la periodicidad que indique el folleto. Los de acumulación los reinvierten automáticamente dentro del fondo, lo que difiere la tributación hasta la venta.
La normativa europea (MiFID II/PRIIPs) exige un documento de información que los ETFs domiciliados en EE. UU. no publican. Se compra la versión UCITS europea del mismo índice, que además suele tener ventaja fiscal de domicilio.