Un ETF de distribución reparte en efectivo los dividendos que generan las empresas de su cartera, normalmente con periodicidad trimestral o semestral. Es la variante que convierte un índice en una fuente de rentas periódicas: posees el mercado y, además, cobras tu parte de sus beneficios.
El fondo va acumulando los dividendos que cobra de sus posiciones y, en cada fecha de distribución, los reparte entre los partícipes proporcionalmente. Si el índice subyacente rinde un 3% anual por dividendo, recibirás aproximadamente ese porcentaje repartido en los pagos del año — en la divisa del fondo, lo que puede implicar cambio de divisa según tu bróker.
Lo identificas por la etiqueta "Dist" (o "D") en el nombre y por la política de distribución del folleto, donde figura también la periodicidad.
Cada pago tributa como renta del ahorro (desde el 19%) en el año del cobro, y según el domicilio del fondo puede llevar además retención en origen. Frente al diferimiento total de la acumulación, la distribución paga peaje anual: en fase de construcción es matemáticamente subóptima — el impuesto pagado deja de componer.
La regla práctica honesta: distribución si necesitas (o te motiva de verdad) la renta; acumulación si no.
Lo fija el folleto: trimestral y semestral son lo habitual; algunos fondos de renta pagan mensualmente. Las fechas concretas las publica la gestora cada año.
La española del ahorro al cobrar (si tu bróker es nacional) o la declaras tú (si es extranjero). El domicilio del fondo añade su propia capa interna — otra razón por la que los UCITS irlandeses son el estándar.
Sí, con el DRIP de tu bróker: cada cobro recompra participaciones. El resultado imita a la acumulación, pero sin su ventaja fiscal — tributas por cada pago aunque se reinvierta al instante.