Los dividendos son la parte del beneficio que una empresa decide repartir entre sus accionistas. Si tienes acciones de una compañía que gana dinero, el dividendo es tu trozo del pastel: un pago en efectivo (o a veces en acciones) por cada título que posees, normalmente con frecuencia trimestral, semestral o anual.
Para el inversor de largo plazo son la forma más tangible de rentabilidad: no dependen de vender la acción ni de que el mercado esté de buen humor, sino de que el negocio genere caja y la dirección decida compartirla.
Del beneficio — y más exactamente, de la caja. Una empresa que gana 1.000 millones puede repartir 400 y reinvertir 600 en crecer. La proporción repartida es el payout ratio, y su sostenibilidad depende de que el beneficio y el flujo de caja libre acompañen año tras año. Un dividendo que la empresa paga endeudándose tiene fecha de caducidad.
Cobrar un dividendo no va de cuánto tiempo lleves siendo accionista, sino de serlo en el momento justo: la fecha ex-dividendo. Quien compra ese día o después ya no cobra el siguiente pago. Después llegan la fecha de registro y la fecha de pago, cuando el dinero aparece en tu cuenta. El precio de la acción descuenta el dividendo en la fecha ex: no existe el truco de comprar la víspera y vender al día siguiente con beneficio gratis.
Tres preguntas rápidas separan el dividendo sólido del frágil:
Depende de la empresa: en EE. UU. lo habitual es trimestral; en Europa, anual o semestral. Algunas compañías y ETFs pagan mensualmente. El calendario lo publica cada empresa con antelación.
Porque la empresa vale exactamente eso menos: el efectivo que va a repartir ya no está dentro. La caída teórica equivale al importe del dividendo, aunque el ruido del mercado la disimule.
Como rentas del ahorro en el IRPF, con retención desde el 19%. Si la empresa es extranjera se añade la retención en origen de su país, recuperable en parte vía convenios de doble imposición.